Eres lo que escribes, eres como escribes.

Gabriel Trujillo Muñoz
http://trujillo.blogspot.com/
Los actos que realizamos a lo largo de nuestra existencia, ya sea en la vida real o en el espacio virtual, nos representan, nos definen de cuerpo entero, de espíritu completo. Estos actos dicen algo, poco o mucho, de nosotros mismos. Pero de todos ellos es el acto del uso del lenguaje el que más detalles revela de nuestras personas. Por eso, escribir es, en múltiples formas, un desnudamiento frente a los demás. De ahí que muchos blogueros prefieren el anonimato para expresarse, ya que de esa manera pueden decir sus verdades (es decir: pueden revelar sus filias y fobias, sus fortalezas y debilidades, sus juicios y prejuicios) sin la necesidad de exigirse a sí mismos una claridad expositiva, una argumentación coherente, una escritura que vele tanto por las ideas que son suyas como por la forma en que estas ideas aparecen en la pantalla.
En numerosas ocasiones, los blogueros rehuyen tales confrontaciones con sus propias habilidades de pensamiento y lenguaje porque no piensan en los lectores potenciales que los leen, sino que sólo quieren escribir lo que sienten en el instante mismo de su escritura. Pero hay un deber ineludible con los lectores: el no darles gato por liebre, pues estos pueden creer, leyendo el universo bloguero, que escribir y redactar por medio de la lengua castellana es un fastidio y no una riqueza cultural que vale la pena practicar a cabalidad, una aventura que libera nuestra forma de pensar, de articular el mundo a través de las palabras.
Escribir con conciencia del idioma español, que es la plataforma que sostiene lo que somos, que es el instrumento que nos permite comunicarnos entre nosotros, no es una carga sino un desafío, una travesía gozosa y divertida, capaz de mostrarnos todas las posibilidades de un lenguaje que aún tiene mucho que ofrecernos si lo empezamos a escribir con apasionada curiosidad, como un experimento en marcha, como un país desconocido que cada generación debe descubrir y explorar por cuenta propia, pero sin olvidar que ya otros han explorado ese territorio, que ya otros han escrito sus nombres en sus diccionarios y manuales de ortografías.
En todo caso, somos lo que escribimos, sí, y también somos como escribimos.
Un retrato al natural de nuestros logros para comunicarnos con los demás y de los logros que nos faltan por alcanzar para entendernos mejor.
Nadie escribe a la perfección su idioma porque no hay un idioma perfecto ni hay una versión definitiva, clausurada a todo cambio, del mismo. Si así fuera sería una lengua muerta, inerte porque ya no la cambiamos con el trato cotidiano que dispensamos a sus palabras. Y es que un idioma está vivo mientras lo usemos para comunicarnos entre sí, mientras lo transformemos según nuestras necesidades y según las propias posibilidades expresivas que contiene, mientras lo adoptemos –sin sacrificar su legado- a las circunstancias del tiempo en que vivimos.
Pero para transformar una lengua es necesario primero conocerla a fondo, ponerla a prueba en toda la extensión de su vocabulario, de su sintaxis. Es decir: confiar en ella antes que restringirla a onomatopeyas, ponerla a trabajar en nuevas palabras afines a sus raíces antes que desecharla porque carece de palabras de moda en otros idiomas.
Debemos estar orgullosos del español porque es la lengua que nos define en lo que somos, en como somos, en la forma de vincularnos con el entorno, tanto con el presente en movimiento constante como con el pasado de nuestros ancestros, de nuestro linaje. La lengua es la red ancestral del conocimiento, el nodo original de la comunidad humana. En ella residen conductas y destrezas, pensamientos y placeres acumulados a lo largo de los milenios y a lo ancho del orbe.
¿Eres lo que escribes?
¿Eres como escribes?
Por supuesto que sí.
La escritura es un escaparate, un foro público.
Una pantalla fulgurante donde no hay incorrección que no pueda enmendarse.
Un mapa mundi de nuestro corazón y sus contradictorias intenciones.
La escritura nos escritura una biografía en documentos, palpables o virtuales, que es el testimonio de nuestro paso por el mundo.
Cada escrito que lleva nuestro nombre es una marca en el idioma, un recordatorio de qué clase de logros o fracasos, de aciertos y errores, esbozan el perfil colectivo de nuestra sociedad, el retrato veraz de nuestras personas.
Un espejo a la vista de todos.
Un retrato hablado de nosotros mismos.
Lenguas vivas, lenguas libres
Decía Sófocles, el famoso dramaturgo griego, que los hombres libres hablan lenguas libres. La libertad de expresión era un culto en la cultura grecolatina, una manera de pararse frente al mundo y decir lo que uno quiere sin tapujos, sin más asideros que la opinión de cada cual, de cada quien.
Lo mismo va para la lengua española: la hablamos y escribimos como hombres y mujeres libres, la conservamos y la transformamos según nuestras necesidades y propósitos. Pero la libertad también les ofrecía a los antiguos una parcela común para discutir y argumentar, para ponerse de acuerdo y pactar aquello que los hacía fuertes frente a los grandes imperios invasores de sus tierras, de su lengua.
Los griegos, en libertad, preservaron su propia cultura porque sabían que en ella residía lo mejor de su sociedad, lo más profundos saberes y deberes. Es decir: sus costumbres y tradiciones lo mismo que su capacidad de soñar un futuro para todos los seres libres que tenían ideas propias, pensamientos distintos.
La libertad es una idea en evolución constante y cosa igual puede decirse de nuestro idioma: avanzamos como sociedad, como civilización, creando nuevas formas de expresión, dándole nuevos giros lingüísticos, nuevos significados, a las palabras que utilizamos día con día.
Nadie puede detener estos cambios. Nadie, con un mínimo de sentido común, cree que puede hacerse tal cosa. La lengua española, como el resto de las lenguas del mundo, está viva porque la seguimos moldeando a diestra y siniestra. Una lengua está muerta no porque no se use en la actualidad (aquí el latín es el ejemplo mayor) sino porque nadie la retuerce, la cambia, la trastoca. El respeto a una lengua es como una sentencia de muerte, como un embalsamamiento.
Una lengua está viva si la gente la usa a su real entender, si la sociedad depende de ella para todas sus necesidades y requerimientos. De ahí que por más que se utilice en ceremonias oficiales del Vaticano, el latín del imperio Romano es una reliquia intacta, limpia de incorrecciones, que no se habla en la plaza pública sino en los cubículos de los especialistas y en las celdas de los conventos y monasterios.
Al oírlo nos recuerda un pasado de luces y sombras, pero no nos remite al mundo contemporáneo, pleno de voces que distorsionan o recomponen nuestro léxico, nuestra ortografía y redacción. Es, en todo caso, un cadáver conservado por motivos religiosos o políticos, pero sin significado real entre el pueblo mismo, su real hacedor y transformador.
Sin embargo, el decir la palabra cambio parece como si este concepto se equiparara al de destino. Que el cambio sea un factor esencial para comprender la realidad en que vivimos no significa que el provenir sea lo que hoy decimos vaya a ser. Muchas palabras inventadas o muchos giros lingüísticos han terminado por tener una vida efímera, por usarse sólo por un momento de la historia de nuestra lengua.
Lo que hoy es moda, mañana es galimatías. El centro de la lengua, su capacidad de expresar las cosas por su nombre y que estos nombres abarquen a la mayor parte de los hablantes y escribientes de tal idioma, es lo que mantiene la cohesión interna de cualquier lengua. Es el núcleo de su permanencia (incluidos cambios y transformaciones en cada época y con cada circunstancia).
La lengua, en todo caso, es un tesoro que cuidamos y, a la vez, es una fiesta donde todos participan y en la cual puede suceder lo más escandaloso y bizarro, lo más detestable y risible. Un acto de vida en movimiento.
Nuestro idioma es una ciudad imaginaria que entre todos levantamos
La materia básica de la escritura es el lenguaje. Y decir lenguaje es hablar de vasos comunicantes que vinculan nuestro paso por el mundo, nuestra cultura en el tiempo. Yo creo que de aquí a mil años el español seguirá vivo y actuante, aunque no sea el español que hoy escribimos. Si puedo leer las cantigas del rey Alfonso X, ¿por que no podrían leer, en ese lejano futuro, lo que hoy escribimos en nuestros blogs? Por más arcaica que les llegara a parecer nuestra escritura del siglo XXI, estoy seguro que habría puntos de comprensión, puentes de entendimiento.
Escribir es perdurar. Si no lo creen pregúntenle a Fernando de Rojas y a Netzahualcóyotl. Y la única forma de preguntarles es leyéndolos, es decir, entablando un diálogo, silencioso o en voz alta, con sus palabras, con sus tramas, ideas y personajes. No necesitamos saber cuándo escribieron lo que escribieron. Lo que requerimos es aceptar que estamos ante seres humanos como nosotros: con sus penas y debilidades, con sus arrebatos y alegrías.
De ahí que nuestro planteamiento: Somos lo que escribimos, somos como escribimos. Pero eso lo advierten, sobre todo, los lectores. La otra orilla de ese río interminable llamado escritura son quienes nos leen, quienes nos observan sin condescendencias ni miramientos. Escribimos como somos para que los demás sepan nuestras circunstancias en la realidad que nos tocó vivir, para que los otros, nuestros cómplices, nuestros semejantes, sientan lo que nosotros padecimos o gozamos en un momento específico de la travesía humana. Y para ser veraces hay que ser precisos. Y para decir las cosas por su nombre hay que darle su valor a las palabras, peso a la escritura, razones a nuestro discurso.
No escribimos lo que nos place: escribimos lo que sabemos que nos place. Es nuestra cultura, con sus intensas, con sus inmensas contradicciones, la que surge cuando nos comunicamos con nuestro prójimo. Al escribir nos desnudamos. Al leer somos testigos, voluntarios o involuntarios, del desnudamiento de nuestros semejantes. En cada texto está algo más que lo que quisimos decir: está nuestra educación, nuestra ideología, nuestra perspectiva del mundo. La óptica con la que juzgamos las realidades que nos acosan o divierten, los acontecimientos que nos simpatizan o nos indignan, la geografía desde la que aprendimos el español con sus distintos giros idiomáticos, con su riqueza de raíces árabes y judías, incas y mayas, latinas y griegas, africanas y aztecas.
Nuestra lengua es historia en marcha. No algo detenido en el tiempo. No una pieza de ámbar. No una reliquia. Es un ente vivo, una música que es un regalo a compartir, un don a explorar de cara al futuro. Por eso apuesto por su escritura consciente en todo momento y lugar. Por eso pido se le cuide y se le atienda como una madre prodigiosa cuya descendencia cuenta con hijos tan disímiles en timbres y tonos, en personalidades y gustos.
De ahí que la claridad para expresarnos nos permite despejar malos entendidos, nos ayuda a ver la diversidad de nuestro idioma, su riqueza en frutos verbales, en palabras que nos ofrecen algo más que comunicación: nos dan la posibilidad de entendernos mejor, de saltar sobre la incomprensión, la desconfianza, las fronteras, nos sirven para trascender nuestro tiempo y espacio, nuestros ritos y rutinas. Escribir es un ágora donde nuestra lengua se fortalece a sí misma, un bálsamo que cura nuestras dolencias y libera nuestros sueños.
La lengua castellana es una creación que alimentamos dondequiera que la hablemos o la escribamos, es una ciudad que construimos entre todos, que edificamos a diario con nuestra imaginación, con nuestro carácter y temperamento, con nuestras ansias e idiosincrasias. El español es un pacto entre hermanos, un vínculo que nos permite salvar nuestras distancias y diferencias porque todos aportamos algo a su riqueza, a su evolución y desarrollo. Empobrecerlo o reducirlo, subordinarlo o minimizarlo no es un camino: es un callejón sin salida. Una claudicación ante la lengua misma que nos permite expresarnos, decir quién somos, mostrar nuestras pasiones y conocimientos.
Por eso Eres lo que escribes, eres como escribes tiene como propósito impulsar el español desde lo que nos une y no desde lo que nos separa, desde lo que nos fortalece y no desde lo que nos debilita. Escribir para entendernos: pensando en los demás y no sólo en nosotros mismos. Escribir para ser una comunidad y no un simple conjunto de sectas herméticas con sus propias claves ortográficas. Escribir desde la libertad que nos da el blog, con la responsabilidad de mantener un idioma vivo y vivaz, lúcido y lúdico, vuestro y nuestro. Escribir, en definitiva, para abrirnos al mundo sin olvidar lo que fuimos, sin perder lo que somos, sin extraviar el futuro.
Yo espero, como los niños que estuvieron en el Congreso de la Lengua Española en Medellín, Colombia, en 2007, que las palabras preferidas que allí se dieron a conocer sobrevivan a las contingencias de la historia, a los percances del mundo. Que palabras como chocolate, mamá, música, carcajada o amigo nos sigan acompañando en nuestra larga travesía, que continúen siendo indispensables en nuestro diario vivir, en nuestro paso por esta tierra que llamamos nuestra pero que hoy sabemos es de todos.
Gabriel Trujillo Muñoz

























